El primer hombre que pisó tu luna. Que acarició
partes de tu piel que el sol no toca, que besó cada rincón de tus curvas. Que
desabrochó todos los botones que se interponían entre su piel y la tuya, que
despreció cada trozo de tela que cubría tu cuerpo. Mordió tus labios, tu cuello,
tu ombligo...
Y a pesar de
todo, cuando estabas desnuda, te miraba a los ojos. Un sentimental, que teniendo
tu culo en sus manos solo pensaba en tu sonrisa. Un tonto enamorado, que lamió
cada gota de sudor que recorría tu cuello. Alguien tan especial, que le
entregaste lo más perfecto que tenías, tu inocencia.
Supisteis hacer de su cama el mejor de los
paraísos, las risas cómplices y nerviosas, la mejor melodía. Aquella tarde, en
vez de café, merendasteis besos y caricias. Y después de todo, respiraciones al
unísono y una sonrisa enamorada compartida.
Cada vez que vuestras salivas se juntaban,
renovabais el pacto que hicisteis el primer día: dos corazones, que laten al
mismo tiempo y por el mismo motivo.

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